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jueves, 3 de abril de 2014

El ídolo

Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol. Nace en cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota.

Desde que aprende a caminar, sabe jugar. En sus años tempranos alegra los potreros, juega que te juega en los andurriales de los suburbios hasta que cae la noche y ya no se ve la pelota, y en sus años mozos vuela y hace volar en los estadios. Sus artes malabares convocan multitudes, domingo tras domingo, de victoria en victoria, de ovación en ovación.

La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En el pecho de su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca lustre y la hace hablar, y en esa charla de dos conversan millones de mudos. Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque, esas gambetas que dibujan zetas en el césped, esos golazos de taquito o de chilena: cuando juega él, el cuadro tiene doce jugadores.

-¿Doce? ¡Quince tiene! ¡Veinte!

La pelota ríe, radiante, en el aire. Él la baja, la duerme, la piropea, la baila, y viendo esas cosas jamás vistas sus adoradores sienten piedad por sus nietos aún no nacidos, que no las verán.

Pero el ídolo es ídolo por un rato nomás, humana eternidad, cosa de nada; y cuando al pie de oro le llega la hora de la mala pata, la estrella ha concluido su viaje desde el fulgor hasta el apagón. Está ese cuerpo con más remiendos que traje de payaso y ya el acróbata es un paralitico, el artista una bestia:

-¡Con la herradura no!

La fuente de la felicidad pública se convierte en el pararrayos del público rencor:

-¡Momia!

A veces el ídolo no cae entero. Y a veces, cuando se rompe, la gente le devora los pedazos.

Por Eduardo Galeano

lunes, 17 de marzo de 2014

El jugador

Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria: al otro, los abismo de la ruina.

El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.

Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.

En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:

-Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
-¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.

O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.

Eduardo Galeano

jueves, 13 de marzo de 2014

Memorias de un wing derecho

Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya. Abriendo la cancha. Y eso no me lo enseño nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centros o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing “ventilador” o wing “mentiroso” o las pelotas. Arriba y contra la raya.

Abriendo la cancha para que no se amontonen los fowards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él… ¿para qué m… juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso te sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la “brasileña” y otras estupideces.

¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me sacan de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha… Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como seis mil ochocientos. Yo solo… ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien hago yo en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo… Maradona… ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. Debe llevar más de doce mil goles. Por debajo de las patas… Y… ¡el tipo esta ahí!

Donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡pum!, adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es malo tampoco. Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota dentro del arco.

Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como doce mil goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace veinticinco años, veinticinco años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos encegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que esta saltado todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo esta la cancha! ¡Qué lástima! Qué poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese partido! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.

Yo había escuchado desde debajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero… ¡qué!... apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro.

¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuantos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre veinte y veinticinco personas viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.

¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que me movía, dije: “Hoy vamos a andar bien”. Porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia, nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un topo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr, ¡Por favor! Pero uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De ésos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija, Y usted los escucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”. Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como treinta mil clásicos jugados y así y yodo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquel día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompíamos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se llamaba el que tenia la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta veía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando en llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manejaba a los de tras era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba.

No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. Tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las serví al nueve, al morochón. Porque es morochón, ahora se le despintó el lope pero es morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el córner y se me vino. Íbamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La pus debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la amasé y un par de veces amagué el puntazo, pero el full-back me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz le sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio, y el nueve sin pararla, che, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al Negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha vi que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató al Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido que fue ése! Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic”, “plinc”, “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Ésa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad.

¡Por favor!

Roberto Fontanarrosa

martes, 11 de marzo de 2014

El ocho era Moacyr

El que tiró la primera piedra fue Ricardo, apenas después de haberse ido el tipo.
    -Che… ¿Quién es este coso?
    -No sé -contestó el Zorro-. ¿No es amigo tuyo?
    -¿Mío? No. Estás en pedo vos.
    -Es amigo del Colifa –aportó el Pitufo, certero interrumpiendo una conversación que sostenía con una rubia de rulos de la mesa vecina. Tenía eso el Pitu, podía mantener varias conversaciones a la vez, quizá porque no le gustaba verse marginado de ningún.

En eso llegó el Colifa.
    -Che… -le preguntó Ricardo- …el flaco ese que se fue, ¿es amigo tuyo?
    -¿Qué flaco? –frunció la cara el Colifa mientras se sacaba la campera y la   bufanda.
    -El flaco… El “Sobrecojines”.
    -Ah no… -se ríe el Colifa-. Yo no lo conozco.

El hombre, el que se había ido, había tenido la desafortunada ocurrencia días atrás, en una de sus pocas intervenciones en la charla, de decir que manejar el último modelo de Renault era sentirse como “sobre cojines”. Se habían hecho todos los pelotudos pero la cosa quedó registrada.
    -¡Yo creí que era amigo tuyo! –se rio el Pitufo.
    -Yo no lo vi en la puta vida.
    -Pero… ¿lo conocés?
    -Sí. De acá, ahora.
    -Entonces… -insistió Ricardo, casi amenazante-. ¿Quién lo trajo a la mesa?
    -Qué sé yo.

Nadie sabía. Pero no era muy extraño. En “El Cairo” era así. De pronto uno se encontraba sentado junto a alguien desconocido que, tal vez por varios días se integraba a la mesa y luego desaparecía tan silenciosa y misteriosamente como había llegado, o reapareció en alguna mesa lejana, con otra gente asimismo desconocida, y dispensaba un saludo allá atrás, al voleo, de cortesía.
    -Por ahí alguien se lo dejó olvidado –aventuró el Zorro.
    -Eso. ¡Vaya a saber desde hace cuánto tiempo ha estado sentado acá el pobre tipo!
    -Yo creía que era amigo tuyo –señaló Ricardo a Belmondo- y ahora resulta que no lo juna nadie.
    -¿Mío? ¿Por qué? Ricardo frunció la nariz.
    -No sé –dijo- lo veo muy fino ¿no? El Zorro captó la cosa de inmediato.
    -Muy delicado. ¿No es cierto?
    -¿Puto, decís vos? -se rió Belmondo. Después se es­candalizó. -¡Qué guachos de mierda!-
    -Como te mira mucho… -siguió Ricardo-... qué sé yo… yo pensaba…
    -Medio trolo el muchacho -sentenció el Zorro.
    -¡Mirá que hay que ser hijos de puta! -dijo Belmon­do. Como el tipo es serio, es educado, es un tipo correc­to… para éstos ya es un comilón.
    -Muy fino, muy fino. Demasiado.
    -Para mí que a vos te tira la goma -opinó el Colifa, mirando a Belmondo.
    -¡Qué hijos de puta! -se tomó las manos Belmondo-. No se puede ser culto acá.
    -Si te mira y se relame, Bel… -informó Ricardo-. A Moreira lo manoteó el otro día.
    -Sí –defendió Belmondo-, no te agachés adelante.
    -¿Qué lo defendés? ¿Qué lo defendés? –Pareció ofenderse el Pitufo-. ¿Tenés algún interés creado con ese tipo?
    -Para mí que se la lastra –meneó la cabeza el Zorro-. ¿No viste a Pedrito cómo lo relojea también?
    -¿Quién, che? –Pochi había llegado, enganchando las últimas palabras mientras acercaba una silla para poner la campera.
    -El flaco alto, el “Sobrecojines”.
    -¿Qué pasa?
    -Que es muy sospechoso, medio rarón, ¿viste? –el Pitufo reunía la punta de los dedos de su mano derecha frente a la boca haciendo el gesto universal de comer.
    -¿El elegante? –exclamó el Pochi, sentándose-. Muy puto. Tragasables del año uno.
    -¡Qué hijos de puta! –empezó a reírse Belmondo-. El otro pobre tipo…
    -Traga la bala –siguió el Pochi, serio-. Es más… creo que lo vi levantando machos en Zeballos y Buenos Aires.
    -El otro pobre tipo –siguió Belmondo- es un buen tipo… ¿Cuál es el problema? Que empilchaba bien, que toma whisky… ¿Cuál es?
    -Oíme… -dijo Ricardo-. ¿Cómo va a venir acá de chaleco?
    -¡Dejame de joder! De Chaleco.
    -Y bueno, laburará en un banco. ¿Cuánta gente de la que viene acá labura en un banco?
    -No. Y esa corbatita que usa. La rosita…
    -Yo lo que te digo –siguió Belmondo- es que yo no me le agacharía adelante.
    -Por ahí te empoma.
    -Te empoma.
    -Tiene su pinta el hombre –estimó el Zorro.
    -Y muy coqueto, se la pasa arreglándose la corbatita…
    -Es buen muchacho, che, no sean hijos de puta…

Claro, el tipo en cuestión había aparecido un día en la mesa, tal vez abandonado por algún amigo común, tal vez ingresado en la charla por medio de esas presentaciones vagas y generales, “che, un amigo”, de inclinaciones de cabezas cortas y distraídas. En verdad, vestía bien, o al menos demasiado formal para el nivel medio, y participa­ba poco de las conversaciones. Asentía, a veces metía algún bocadillo, sonreía a menudo, algo distante, mirando hacia la calle, arreglándose la corbata a cada rato (era cierto). Tomó notoriedad el día que pidió un whisky. “Blenders” dijo, con pronunciación cuidada y Moreira lo miró como si le hubiese pedido un plato asiático. “Mirá que vale casi un palo, macho” le había advertido el mozo, cosa que al tipo pareció no inmutarlo. Y entre el sembradío de pocilios de café, vasos de agua, alguna taza de té o mate y servilletitas de papel arrugadas, el generoso vaso de whisky con hielo parecía un paquebote entrando a puerto rodeado de remolcadores diminutos, y oscuros.

Otra cosa había sido lo del polo. Vaya a saber cómo sa­lió la conversación sobre polo, quizás por una joda, quizás por alguna película, lo cierto es que el hombre, por pri­mera vez se metió en serio, lideró la charla, habló de los Harriott, de los Dorignac, de handicaps y de poniers con una exactitud sobria y una información sólida. Y al final, cuando ya la charla había derivado inopinadamente hacia el automovilismo, la cagó con lo de “sobre cojines” que se encendió como una luz equívoca y sospechosa en los radares de todos.

    -Yo no sé… -advirtió Ricardo, rascándose la espalda-… pero vos, Belmondo, cuidate.
    -Sí –admitió Belmondo-, porque que me rompan el orto a esta edad…
    -O que le tengas que hacer los deberes al muchacho.
    -Te digo que si viene mañana yo me corro.
    -Sí. A ver si te agarra de la manito y te lleva para el ñoba.

Pasó un tiempo y el parroquiano desconocido no apor­tó por “El Cairo”. El día en que apareció estaban el Pitufo, Belmondo y el Pochi, nada más, conversando. El hombre se desprendió el impecable saco marrón oscuro del traje, dijo un “qué tal” y se sentó medio mirando para la puerta de Sarmiento y Santa Fe, girando un poco nervio­samente el cuello, como un pollo, estirando el mentón, para acomodarse el cuello de la camisa.

    -El cinco era Ramacciotti –decía el Pitufo. Eso seguro.
    -El cinco era Ramacciotti. No me acuerdo el tres –dijo Belmondo aún con la mano izquierda cerrada, el pulgar arriba y los ojos entornados.
    -Ditro. El tres era Ditro –aseguró Pochi- que después fue a River.
    -¡Eso! Que después fue a River.
    -Bueno. Entonces tenemos… -resumió el Pitufo-… Moreno, Valentino y Ditro. El cuatro ese que no nos acordamos, Ramacciotti y Malazzo…
    -Canceco, Pando, Carceo, González y Sciarra –recitó de un tirón el Pochi.
    -Pero… ¿Cómo mierda se llamaba ese cuatro, la puta madre que lo reparió?
    -¿Será posible?
    -Era un nombre corto. Un nombre corto como… Suárez, Blanco…
    -No, Blanco era un cuatro que jugó en Racing. Buen jugador.
    -Pero… -se ofuscó Belmondo-… un tipo muy junado… ¿Cómo carajo…?
    -No me voy a acordar… No me voy a acordar… -dijo el Pitufo.
    -Nos va a pasar como la otra vez con Della Savia.
    -¿Te acordás? Yo no pude dormir en toda la noche.
    - O con el negro Marchetta. Pasó una semana hasta que me crucé por la calle con Rafael, me agarró del brazo y me dijo, nada más, lo único que me dijo: “Marchetta”, “¡Marchetta, la puta que lo parió!”, dije yo, y seguimos cada cual por su lado.
    -Una noche, a la madrugada, me llamó el Pelado desde Barcelona para preguntarme quién era el ocho de aqueda delantera de Ferro con el Cabezón Juárez, Acosta, Lugo y Garabal.
    -Berón.
    -Berón.
    -Pero a mí, esto, ya me cagó la semana –se reubicó el Pochi.
    -¡Pero si hasta me acuerdo de la pinta que tenía –se enardeció Belmondo-, uno bajito, narigón, feo…!
     ¿Martín? ¿No era Martín?
    -No, Martín era de Chacarita.
    -Bajito, narigón, feo…
    -Sí, pero no era Martín. Martín era de Chacarita y después se fue al equipo de José.
    -Moreno, Valentino y Ditro… -repasó el Pitufo-… tatatá, Ramaciotti y Malazzo…
    -¡Concha de la lora!

El hombre, que había seguido silenciosamente la con­versación, con una actitud entre divertida y ausente, se acomodó en la mesa y dijo:
    -Sainz.
    -¡Sainz! –pegó con la palma de la mano el Pitufo sobre la mesa-. Sainz la puta que lo reparió.
    -Sainz, mirá vos lo tenía en la punta de la lengua. Claro… te decía que era un nombre corto.
    -Sí, pero a mí me salía Suárez, Murúa, Aguirre, qué sé yo…
    -No, Murúa era el de Racing. Marcador de punta, también. Grandote.
    -Sainz -continuó el tipo, sin ufanarse demasiado por su aporte- después fue a River. Sainz, Cap y Varacka.
    -Claro, claro. Exactamente. Que arriba jugaba Domin­go Pérez, un uruguayo que era un pedo líquido.
    -No -corrigió “Sobrecojines”- Domingo Pérez es anterior, es de la época de Pepillo, el nueve ese español que trajo River.
    -¡Pepillo! ¿Te acordás? No me acordaba de Pepillo.
    -Que la delantera llegó a formar… -recordó el hom­bre-… Domingo Pérez…
    -Moacyr -acotó Pochi.
    -Moacyr Claudinho Pinto… -siguió el hombre-… Pepillo, Delem y Roberto. Todos extranjeros.
    -Que también estaban Onega, el Nene Sarnari…
    -Ermindo, todavía no Daniel.
    -Pando, Artime…
    -No… -volvió a corregir el hombre- Pando y Artime llegan un poco después. La delantera que te digo era con la cuestión del fútbol espectáculo. También jugaba un negro de cinco, el negro Salvador, un negro lentón…
    -Sí. La cosa había empezado con Boca, con Armando, cuando lo trajo a Feola…
    -Al gordo Felola Feola -dijo el Pitufo- a Dino Sani, a Maurinho…
    -Antes a Orlando -puntualizó “Sobrecojines”-. Or­lando Pecanha do Carvalho, que inauguró, un poco, la fun­ción de seis metido adentro acá en la Argentina.
    -También vinieron Loayza, me acuerdo, el Pepe Sasía, a Boca…
    -Y bueno… -recordó el Pochi- Sasía vino de última acá, a Central, con el Gitano, Borgogno…
    -Loayza también.
    -Loayza también y me acuerdo…
    -¡Ese partido contra el Real de Madrid! -se entusias­mó el hombre.
    -En cancha de Ñul, un amistoso, que los goles del Real los hicieron Pirri y Gento de tiro libre, sobre la hora.
    -Yo estaba detrás del arco donde hizo el gol Gento -recordó “Sobrecojines”- …y no sé si te acordás que al principio entró Puskas…
    -¡Puskas!

Así siguieron casi una hora, hasta que el hombre, de pronto, consultó su reloj, se sobresaltó, se puso de pie, tomó el sobretodo que había dejado prolijamente doblado sobre la silla vecina y, antes de irse, regaló el último aporte.
    -Y el diez, el diez del Lobo de La Plata, era Diego Bayo.
    -Diego Bayo, claro. Diego Bayo y Gómez Sánchez, el negro Gómez Sánchez que había venido a River con Joya.

Al día siguiente, cuando llegó el Colifa, Belmondo es­taba hablando con el Zorro y también estaban el Pitufo, Pochi, Oscar, el otro Oscar, el Negro y el Chelo.
    -¿No vino “Sobrecojines”? —preguntó el Colifa. Al­guien contestó que no.
    -¿Quién es “Sobrecojines”? —dijo el Chelo.
    -Rodolfo. Rodolfo creo que se llama. No, no vino.
    -Buen tipo ése —dijo el Pochi.
    -Buen tipo. 

Por Roberto Fontanarrosa